
En 1980 el poeta danés tenía 22 años cuando publicó este poema.
Es el primer poema de su libro Recuerdos del Futuro (Fremtidsminder).
Michael Strunge
Invoco, pues, las imágenes primordiales y las visiones
del ayer; reclamo la clarividencia y la lengua nueva. Invoco la intuición pura,
el asombro que habita en el niño, la herencia de los ancianos y el fuego que desean
los jóvenes. Traigo ante mí el vientre de la experiencia y el clamor de las
mujeres.
Invoco la obra y el denuedo para llevarla a su gloria; el
onirismo secreto de las plantas y la sagrada urgencia de los animales. Bendigo
el nacimiento de los ingenios y el color que viste los muros, allí donde la
noche celebra sus victorias.
En mi memoria habita la guerra: el rastro de la sangre y
el pavor en las pupilas, el aliento gélido que exhala la tiniebla. Anhelo el
reposo, el retorno al presagio; pues mis ojos miran hacia el mañana y mi morada
es el tiempo venidero. Porque el pasado es polvo y el presente un espejismo que
se desvanece.
Ebrio de nacimientos de visiones, herido por los
recuerdos de la pena, habito el tiempo de la premonición, que es el tiempo del
aprendizaje. A ti te llamo, Ángel mío, fuego de mis ojos, mi amada. Predilecta:
despliega tus alas y trae contigo el milagro. Regresa, y colma el vacío del
mundo con tu plenitud.
Y he aquí que respondes, y la creación se transfigura.
Son otras las flores, es otra la luz y el verbo se hace imagen; se restauran
los sueños descoloridos y el orden de las cuatro estaciones vuelve a su cauce
eterno.






